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Año de la Universalización de la Salud
LUNES 1

de junio de 2020

Coronavirus y los cambios que produce en los entierros

¿Qué hábitos han variado por el covid-19 en los sepelios en El Ángel, el famoso camposanto limeño?

22/5/2020


José VadilloVila

jvadillo@editoraperu.com.pe



Una oración por los que partieron 

Desde hace dos semanas, en el cementerio El Ángel, ya se eleva una oración por-quien-en-vida-fue, por las víctimas fatales del covid-19. 

El padre Reyber Guerrero espera que los cuerpos ingresen a los nichos, que sean tapiados por los trabajadores del camposanto. Recién entonces, el sacerdote católico dirige una breve ceremonia, de 15 o 20 minutos, por-quienes-nos-llevan-la-delantera. 

Manteniendo la distancia social, los familiares y amigos –cinco personas como máximo por fenecido–, escuchan, y escurren las lágrimas, volatilizan los recuerdos y el dolor tras las mascarillas, tras el luto, mientras el sacerdote pide por el descanso de las almas de-los-que-en-vida-fueron. 


–Antes se iban así nomás. No era humano –dice Daniel Cáceda Guillén. 

Cuando el subgerente de Negocios y Cooperación de la Beneficencia de Lima (BL) dice “antes”, se refiere a los primeros días de la pandemia. 

En esos días previos, cuando llegaban a El Ángel los entierros de víctimas del covid-19, solo ingresaba la carroza y los familiares se limitaban a mirar el ingreso del ataúd al nicho. Una inhumación “fría”, sin actos de despedida. 

Sin fe. 

Sin nada.

Las circunstancias sanitarias tampoco permiten los responsos de cuerpo presente como era antes, cuando el padre Reyber oficiaba en la capilla del camposanto, ante familiares acongojados, en espacios saturados de flores, que luego llevaban en hombros los restos del ser querido hasta el pabellón correspondiente. 

Ahora es solo una oración, que lleva los nombres de los que partieron, sean o no sean creyentes, un acto de humanidad. 

Es lo mínimo. 

Como un amén.

Y era necesario hacerlo, con fe en la existencia de otro mundo o impregnados de no creencias. 

La psicóloga Jazmín Tuesta me dice que el duelo, el despedir a un ser querido en su tumba, nos permite a los seres humanos cerrar un círculo con esa persona que sabemos que ya no estará más con nosotros. 

La pandemia del coronavirus ha arrancado del cuajo a miles el poder participar de esa ceremonia del adiós con sus seres queridos. 

Ha dañado nuestra forma de socializar con la muerte. El último adiós está tan enraizado con nosotros, desde las culturas precolombinas: los incas tenían tan presentes a sus muertos, que las sacaban en las fiestas. 

Los familiares de quienes fallecieron por coronavirus, al no tener estas ceremonias de despedidas, han quedado en estado zombi, sin cerrar ese ciclo. 

Eso no es humano. 


Experiencia de los sepultureros 

El sábado 25 de abril, a la una de la tarde, El Ángel, que alberga 640 pabellones, tumbas y mausoleos, recibió los restos de un fallecido por covid-19. Provenía del hospital de Collique, de Lima Norte. 

Se convirtió en el primero con el que la histórica necrópolis del distrito de El Agustino empezó a aplicar todos los protocolos de bioseguridad para entierros en tiempos del coronavirus.   

Al principio, y era lo lógico, cuando la quincena de abril empezaron a llegar los fallecidos por covid-19 a la rauda limeña, hubo miedo entre los trabajadores de las cuadrillas porque no sabían cómo actuar, las noticias y las fakenews calaban en ellos. 

Y eso que se trata de sepultureros con largo oficio. “Es una ventaja como cementerio tener a estos trabajadores que tiene décadas de experiencia haciendo entierros”, dice Daniel Cáceda. 

Había miedo entre ellos por si se contagiarían del covid-19, pese a que algunos sepultureros que aún trabajan en El Ángel tuvieron que darle cristiana sepultura a decenas de los 78 fallecidos que dejó el terremoto de Lima de 1974. 

Miedo a pesar que muchos de ellos pasaron noches de los años noventa abriendo nichos y tumbas en esta necrópolis para enterrar a las víctimas de la epidemia del Vibrio Cólera (1991-2000). Nunca les dieron existían protocolos de bioseguridad ni nada por el estilo. 

“¿Ves? Es gente de mucha experiencia. Pero para ellos esto es nuevo. A diferencia del terremoto o la pandemia del cólera, ahora ponen en riesgo sus vidas. No lo es tanto por el féretro sino por los familiares que los acompañan”, explica Cáceda. Para determinar sus procedimientos, el equipo de la BL ha analizado la información científica sobre los cadáveres de covid-19 y los entierros.


Restricciones y procedimientos

Ahora para los enterramientos en El Ángel, donde yacen más de 600 mil almas, hay una serie de restricciones y medidas adoptadas. Por ejemplo, solo está habilitado un ingreso para los féretros y los familiares (la entrada principal en la cuadra 17 del jirón Áncash). 

Los familiares, en un máximo de cinco por fallecido, ingresarán al camposanto solo si cuentan con mascarillas. En la entrada pasan sus zapatos por una bandeja con agua con lejía y se rocían sus manos con alcohol. Luego en fila, y manteniendo dos metros de distancia entre ellos, avanzan hasta el pabellón respectivo. Los acompaña un personal del camposanto para verificar que cumplan las disposiciones. 

Una figura pública muy querida como Eusebio “Chato” Grados, hubiera merecido una multitudinaria despedida, con música, baile, pancartas, cobertura de periodistas, tal como sucedió con los funerales de otros inquilinos famosos, como Flor Pucarina, Augusto Ferrando, Chacalón o los jugadores del Alianza Lima del avión Fokker. 

Haciendo una excepción, la BL permitió que 15 personas acompañen las pompas fúnebres del cantautor cerreño. Ahora, el “Chato” Grados yace en una tumba adyacente a la del Picaflor de los Andes.

En la puerta, también se verifica que el personal de la funeraria cumpla con llevar los accesorios de bioseguridad. El ataúd debe de estar envuelto en plástico film y llevar el nombre del occiso. La carroza fúnebre ingresará hasta un estacionamiento cercano al pabellón.

Los cuatro integrantes de la cuadrilla de trabajadores esperan al cortejo fúnebre frente al nicho. Visten trajes de bioseguridad del “nivel 2” (color blanco), mascarillas con filtro, guantes y botas de hule. Ellos retiran el ataúd de la carroza fúnebre y antes de ingresarlo al nicho, le rocían una solución de agua con lejía. 

Los féretros se colocan en un área acordonada. Los  familiares pueden tomar fotos, rezar, pero no tienen contacto con el ataúd. 

-Hemos elaborado un protocolo sobre cómo realiza los procedimiento de inhumación durante la pandemia del coronavirus –dice Cáceda. 

La práctica de los sepelios ha permitido ajustar el protocolo. Por ejemplo, cuando se habilitó el rezo ponían los tres o cinco ataúdes en una hilera antes de enterrarlos, pero vieron que, a pesar del distanciamiento, generaba aglomeración. Por ello, ahora primero se ingresan los cajones y se sellan los nichos; luego, recién, se reza. Y los familiares actúan en forma más tranquila. 


Con San Ananías y San Afrodicio

A partir de la quincena de abril, El Ángel empezó a recibir víctimas del covid-19. El 23 de abril, representantes del Ministerio de Salud (Minsa) llegaron a la BL para negociar y comprar dos de los tres pabellones en el área 3 el camposanto había habilitado antes de la pandemia. 

En total, el Estado ha adquirido en el camposanto 270 nichos para las víctimas de la pandemia, se ubican en los pabellones San Ananías 1 y San Afrodicio 1. 

Los ataúdes arriban, a través de las funerarias contratadas por el Minsa. Cada día, las funerarias traen los cuerpos, de tres en tres, de cinco en cinco. El desfile del adiós. Los llaman “entierros en bloque”.

A ellos se suman los entierros particulares por covid-19, que hacen los trámites directos en las oficinas de la Beneficencia, y traen los cuerpos desde sus casas y los hospitales. Los “particulares” suman inquilinos en el pabellón San Amadeus.


Los primeros entierros

Desde el martes 17 de marzo, a 48 horas del anuncio del presidente Martín Vizcarra de la medida de emergencia para evitar la propagación del coronavirus, no hay flores en la necrópolis más popular de la Lima.

Si el domingo del Día de la Madre del 2019 El Ángel recibió la visita de más de 70 mil personas, ahora ingresan exclusivamente los entierros y sus breves cortejos fúnebres. Y todo bajo los protocolos ya descritos. 

No se permite el ingreso de personas que van a dejar flores a sus difuntos. Se cerró el acceso a las “visitas”. Continuaron los entierros, básicamente, los que llegaban para el primer pabellón, el San Amadeus, que había puesto en venta hace unos meses El Ángel.  

En ese primer momento, cuando eran más las incertidumbres sobre el covid-19, las cuadrillas empezaron a trabajar con “un nivel celeste”, como lo llaman para cualquier entierro. 

Pero ahora, sea por covid-19 o por otras causas el fallecimiento, los trabajadores operan con vestimenta de “nivel blanco”. Y tampoco hay fallecimientos comunes. Todos los entierros tienen el estigma del covid-19. 


Demanda del servicio crematorio 

A partir del lunes 4 de mayo, el trabajo del crematorio de El Ángel, se ha triplicado. El equipo, integrado por dos “horneros”, como los llaman, y el personal administrativo, se ha redoblado. 

Es tanta la labor por estos días en el crematorio, que a los administrativos los han trasladado a las antiguas oficinas que tenía la BL al interior del cementerio. Y desde hace dos semanas, El Ángel cuenta con dos contenedores frigoríficos para los cuerpos que llegan. 

Cremar un cuerpo demora un promedio hora y media. Y aumentará el tiempo, dependiendo de factores, como el peso del cadáver. Los trabajos de cremación se realizan de noche, de seis de la tarde a cuatro de la madrugada; luego, en horario de oficina, de 8:30 a 17:00 horas, se entregan las urnas con las cenizas a los familiares. Solo pueden ir dos familiares por deudo. 

El crematorio de El Ángel, un servicio que empezó a operar en junio del 2018 y está concesionado a la empresa Faeco, solo cuenta con un horno. 

Daniel Cáceda explica que esta semana han empezado a realizar “los acondicionamientos” en la parte del horno, en los quemadores. Pronto se implementará el horno número 2. La pandemia está permitiendo modernizar este servicio. Y que el adiós siempre sea digno.